Entre el cielo y el mar

Creemos que nuestras ciudades son enormes, con sus edificios que desafían las fuerzas naturales, como arrogantes espinas apuntando hacia el cielo.  Tenemos fe en la grandeza de la creatividad humana y en su ingenio, que es capaz de solucionar casi cualquier problema.  Nuestro techo es una simple masa de nubes, vapor de agua algodonoso, etéreo, seguramente inoloro e insaboro (como nos decían en ciencias que era el agua) y nos damos cuenta de que entre el cielo y el mar no somos más que una simple franja de nada, una telita de concreto, un accidente de la naturaleza.

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